29 de octubre de 2017

HOMERO, LA ILÍADA Y LA ODISEA


Homero y su lazarillo por William-Adolphe Bouguereau

HOMERO

Homero es un poeta griego al que se atribuye la autoría de dos obras maestras, la Ilíada y la Odisea, los dos grandes poemas épicos de la antigua Grecia.

La mayor parte de la tradición expresaba que Homero había sido el primer poeta de la Antigua Grecia.

La obra de Homero es la base sobre la que se sustenta la literatura occidental.
La biografía de Homero aparece rodeada del más profundo misterio, hasta el punto de que su propia existencia histórica ha sido puesta en tela de juicio. 

Homero por Auguste Leloir, 1841


En la figura de Homero confluyen realidad y leyenda. 

Conservamos muy pocos datos que tengan cierta fiabilidad sobre su vida.

Se lo sitúa en el siglo VIII a.C.
La tradición sostenía que Homero era ciego. 
El Himno homérico a Apolo delio menciona «que es un ciego que reside en Quíos, la rocosa»

La iconografía grecorromana nos lo representa como un anciano ciego.

Retrato de Homero 

Escultura en mármol de un 

original Helenístico del 200 a.C



Siete ciudades griegas, Colofón, Cumas, Pilos, Ítaca, Argos, Atenas, Esmirna y Quíos, se disputan su cuna. Pero la mencionada desde más antiguo es Quíos.
Vista aérea de la isla de Quíos


Homero escogió dos episodios de la Guerra de Troya como tema central de sus dos poemas. 

LA ILÍADA

En la Ilíada se narra el último año de la Guerra de Troya, aunque el episodio central sea la disputa entre dos héroes griegos: Aquiles y Agamenón.

LA ODISEA

La Odisea relata las aventuras de Ulises  en el viaje de regreso desde Troya hasta su patria, Ítaca, y el castigo que inflige a los pretendientes de su esposa, Penélope.



La apoteosis de Homero por Ingres

28 de octubre de 2017

LAS MIL Y UNA NOCHES, EL ANGEL DE LA MUERTE Y EL REY DE ISRAEL

La favorita del pachá por Paul Emil Jacobs (1802-1866)


LAS MIL Y UNA NOCHES

Pocos libros son tan famosos a nivel mundial como Las mil y una noches, una recopilación de cuentos del Oriente medieval narrados, supuestamente, por una joven sultana llamada Sherezade. 

La traducción de Antoine Galland de Las mil y una noches fue la primera gran obra en árabe que consiguió éxito fuera del mundo musulmán. 

Es posible que relatos tan conocidos como Aladino y la lámpara maravillosa o Las aventuras de Simbad el marino pertenezcan también a Las mil y una noches, aunque su origen tampoco está exento de debate. 

Otros relatos famosos son Alí Babá y los cuarenta ladrones y Las babuchas fatídicas.



EL ÁNGEL DE LA MUERTE Y EL REY DE ISRAEL

Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la apariencia de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el rey se puso en pie de un salto y preguntó:

—¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?

—Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.

Cuando oyó estas palabras, el rey cayó al suelo, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo y quedó sin sentido. Al volver en sí, dijo:

—¡Tú eres el Ángel de la Muerte!

—Sí.

—¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!

—¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los de tu vida están contados, si tus respiraciones están inventariadas, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?

—¡Concédeme una hora!

—La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Han terminado ya tus respiraciones: sólo te queda una.

—¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?

—Únicamente tus obras.

—¡No tengo buenas obras!

—Pues, entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.

A continuación le arrebató el alma y el rey cayó del trono al suelo.

Se oyeron los clamores de sus súbditos; se elevaron voces, gritos y llantos; pero si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubiesen sido mayores y más y más fuertes los llantos.

Las mil y una noches (Noche 463)



27 de octubre de 2017

LAS MIL Y UNA NOCHES, LAS BABUCHAS FATÍDICAS


LAS MIL Y UNA NOCHES
Las mil y una noches es una famosa recopilación medieval en lengua árabe de cuentos tradicionales del Oriente Medio.

Los cuentos de Las mil y una noches  son de origen indo persa y utilizan la técnica del relato marco y los relatos enmarcados.
El relato marco es la historia del Sultán Schariar, quien después de haber sido traicionado por su esposa y siendo testigo de varias infidelidades por parte de las mujeres, decreta que todos los días al atardecer se casará con una mujer diferente la cual será ejecutada la mañana siguiente.

La hermosa e inteligente Scherezade, hija de un ministro, está dispuesta a llevar a cabo un arriesgado plan con la ayuda de su hermana pequeña Dinazade para terminar de una vez con tal crueldad.

Tras casarse con el sultán y pasar con él la noche, la bella Sherezade, a petición de Dinazade que ha acudido a despedirse de ella, le contará un cuento a su esposo que dejará inconcluso al llegar el alba. 

El sultán deseoso de escuchar el final de las historias, irá perdonando la vida de su joven esposa todas las noches hasta que finalmente se enamora de ella y, al cabo de mil y una noches, le perdona la vida.
Estos cuentos que va narrando Sherezade noche tras noche, siempre interrumpidos al amanecer en su momento más interesante para ser completados a la noche siguiente, son los relatos enmarcados. 


LAS BABUCHAS FATÍDICAS

Hubo una vez en El Cairo un boticario que era casi tan famoso por su riqueza como por su tacañería. De Abu Kásim se decía que había nacido con los brazos demasiado cortos, por­que las manos nunca le llegaban a los bolsillos. «¿Para qué sirve el dinero si no es para gastarlo y dárselo a quienes no lo tienen?», piensa la mayoría de la gente. Sin embargo, Abu Ká­sim prefería enterrar su dinero o esconderlo en los armarios. Tal vez creía que, si el dinero se entierra, germina en un ár­bol que da monedas en lugar de frutos, o quizá pensaba que el oro sirve para perfumar la ropa guardada en los cajones.


Pero, precisamente a causa de su tacañería, la ropa de Abu Kásim no tenía nada de perfumada. ¡Bien al contrario! El bo­ticario se había pasado la mitad de su vida con los mismos calzones, que remendaba una y otra vez, y se bañaba con la camisa puesta para no tener que enviarla a la lavandería. Con todo, eran sus babuchas las prendas que mejor refleja­ban la tacañería del boticario. Abu Kásim las había llevado durante veinte años. Para gastar lo menos posible, cada vez que se le agujereaban las remendaba con tiras de cuero suje­tas con clavos de cabeza redonda, por lo que sus pies parecían una pareja de armadillos, y las suelas de sus babuchas eran tan gruesas como el cráneo de un rinoceronte.


Con el tiempo, las babuchas de Abu Kásim sirvieron como punto de comparación en las casas y los salones de El Cairo. La gente decía: «Esta sopa es tan densa como la babucha iz­quierda de Abu Kásim» y «Los pasteles de mi suegra son tan pesados como las babuchas de Abu Kásim», o «Estos huevos huelen tan mal como la babucha derecha de Abu Kásim» o «Ese chiste es tan viejo como las babuchas de Abu Kásim». Dicho en pocas palabras: todo el mundo en El Cairo conocía a fondo el calzado de Abu Kásim y la razón por la que sus babu­chas eran tan grandes y pesadas.


Una mañana muy agradable de principios del verano, el boticario decidió darse su baño turco de todos los años. Al lle­gar al hammam, Abu Kásim iba radiante de felicidad, pues el sol de aquel día maravilloso le parecía una enorme moneda de oro y los arneses relucientes y tintineantes de los came­llos le recordaban las monedas al chocar entre sí.


Tras dejar sus babuchas en el escalón de entrada de los ba­ños y confiar su túnica al dueño del hammam, Abu Kásim per­mitió que los esclavos de los baños le hicieran sudar como un cerdo, le rasparan las muchas capas de roña que llevaba pe­gadas al cuerpo, lo dejaran en remojo durante un buen rato y lo perfumaran. Cualquier persona con menos presencia de áni­mo o resignación hubiera evitado aquella repugnante tarea, pero los esclavos del baño turco se enorgullecían de conseguir lo imposible. Y no hay duda de que aquel día lo lograron, pues Abu Kásim salió de los baños más limpio que el oro.

Mientras tanto, un rico mercader que acababa de regresar de Persia decidió visitar el hammam para relajarse después de tan largo viaje. Así que ató sus mulas y camellos en la puerta y dejó sus babuchas en el escalón que daba entrada a los baños, donde estaba el calzado de Abu Kásim. Al verlo, el mercader le dijo al dueño del hammam:

–No pienso compartir baño con el puerco de Abu Kásim, así que ponme en uno distinto al suyo. Y, si me permites un consejo, quita de la entrada sus apestosas babuchas, pues de lo contrario ahuyentarás a todos tus clientes.

El dueño de los baños pensó que el mercader tenía razón, así que decidió esconder las malolientes babuchas de Abu Ká­sim. Como le daba asco tocarlas, se valió de un largo palo pa­ra levantarlas, y después las depositó en un extremo de la ga­lería, donde nadie pudiera verlas.

Cuando Abu Kásim salió de los baños, no encontró sus babuchas en el escalón de entrada, sino las del mercader, que eran nuevas, y muy bonitas, pues habían sido confeccionadas con piel de becerro y con la mejor seda de China.

–¡Milagro! –exclamó–. Alá sabía que siempre he querido tener unas babuchas como éstas y que estaba dispuesto a comprármelas en cuanto me lo pudiese permitir. Por eso ha obrado un milagro y ha transformado mis viejas babuchas en estas dos preciosidades. ¡Gloria a Alá, que ha decidido aho­rrarme unos buenos dineros con su infinita sabiduría!

Después de calzarse las babuchas del mercader, que le iban como anillo al dedo, Abu Kásim regresó corriendo a su casa, donde su cocinera estaba preparando la comida. «¡Qué extraño!», se dijo la buena mujer. «¡Es la primera vez en treinta años que no he oído los pasos de mi amo mientras se acercaba por la calle!».

Mientras tanto, el mercader salió de los baños, y no logró encontrar su calzado. Olfateando el aire, se dio cuenta de que las babuchas de Abu Kásim no estaban lejos, así que las bus­có hasta dar con ellas. Al encontrarlas en la galería, gritó con indignación:

–¿De modo que así es como ha hecho fortuna ese granuja de Abu Kásim: robando a las personas honradas? ¡Pues ahora mismo voy a darle su merecido!

De manera que el mercader regresó a su casa y les pidió a todos sus camelleros y esclavos que lo acompañaran a la boti­ca de Abu Kásim. Una vez allí, derribaron la puerta, agarraron al sorprendido avaro por el pescuezo y le dieron una bue­na paliza.

–¡Y ahora llamaré a los alguaciles –dijo el mercader–, tendrás que pasar unos cuantos meses en la cárcel! Los alguaciles no tardaron en llegar.

–Solo mantendremos la boca cerrada –le dijeron a Abu Kásim– si nos entregas diez mil dinares. De lo contrario, te llevaremos ante el cadí y él te dará el castigo que mereces. ¡Así se te acabarán las ganas de ir por ahí robándoles las ba­buchas a las personas honradas!

De modo que Abu Kásim tuvo que desprenderse de diez mil dinares para que los alguaciles le dejaran en paz.

–Y, por lo que a mí respecta –le dijo el mercader al marcharse–, ¡puedes quedarte con tus apestosas babuchas! Y se las tiró a la cabeza.

Abu Kásim empezó a sollozar.

–¡Todo esto es por culpa vuestra! –les gritó a sus viejas babuchas, que, como es lógico, no se defendieron–. ¡No quie­ro veros nunca más!

Así que Abu Kásim las lanzó con todas sus fuerzas por encima de la tapia de su jardín. Pero el destino quiso que las ba­buchas fueran a caer sobre una anciana que pasaba por la ca­lle. Como eran dos armatostes de cuidado, la pobre mujer que­dó tan aplastada como una galleta.

Cuando los familiares de la viejecilla supieron lo ocurrido, corrieron entre llantos e insultos a la calle de Abu Kásim. –¡Asesinos, asesinos!– gritaban.

Al poco rato, llegaron los alguaciles.

–¡Aquí está el arma del delito! –exclamó uno de ellos al descubrir junto a la anciana muerta las babuchas de Abu Ká­sim–. ¡Ese maldito boticario es el asesino!

En aquel preciso instante el tacaño salió de su botica para pedirle a la gente que dejase de alborotar, pues los gritos le impedían concentrarse en su trabajo.

––¡Ahí está el criminal! –gritaron los alguaciles.

De modo que ataron al boticario con cadenas y se lo llevaron a la cárcel.

El juicio se celebró aquella misma tarde. Los parientes de la anciana muerta reclamaron que Abu Kásim fuese condenado a muerte, pero una ley de El Cairo fijaba el valor de una vida en veinte mil dinares, así que el boticario pudo evitar la horca pagando aquella elevada suma.

Pero, como comprenderéis, para Abu Kásim fue tan doloroso desprenderse de veinte mil dinares como recibir veinte mil azotes o veinte mil picaduras de avispa. El boticario se pasó todo un día aullando de dolor y pateando sus antiguas babu­chas para castigarlas hasta que al fin le sangraron los pies. Después, se dirigió con ellas a la orilla del Nilo y las arrojó a la corriente del río con la esperanza de no volver a verlas nunca más.

Las babuchas flotaron río abajo, pero el hedor que despedían era tan infecto e insoportable que los peces morían as­fixiados y quedaban panza arriba en el agua. Al cabo, los dos trastos quedaron atrapados en las redes de un pescador tan fuerte como un toro, pues estaba acostumbrado a arrastrar redes llenas de atunes sin ayuda de nadie.

–¡Maldita sea! –exclamó el pescador al ver que los clavos de las babuchas se habían enganchado entre las redes y las había roto–. ¡Diez mil maldiciones para ese perro miserable de Abu Kásim!

Y es que el pescador habría sido capaz de reconocer las babuchas del boticario entre un millón de babuchas distintas.

Después de arrastrarlas hasta la orilla, el pescador se dirigió con ellas a la botica de Abu Kásim.

–¡Aquí tienes tus repugnantes babuchas! –le dijo.

Abu Kásim miró con pavor aquellos dos monstruos que chorreaban agua, pero quedó especialmente aterrado por el corpachón del pescador, que parecía capaz de levantar en vilo treinta caballos con cada una de sus manos. Como nadie pue­de escapar del destino que Alá le impone, Abu Kásim tuvo que soportar que el pescador lo agarrara por los pies y se de­dicara a ablandar su cabeza contra la puerta de la botica del mismo modo que ablandaba los calamares y los pulpos contra las rocas del Nilo.

–¡Y ahí tienes tus dos porquerías! –dijo el pescador a mo­do de despedida, al tiempo que lanzaba las babuchas de Abu Kásim contra las estanterías de su botica y destrozaba multitud de botes de valiosos minerales y hierbas.

Abu Kásim tardó varias horas en recuperarse de los golpes recibidos. Cuando al fin pudo levantarse, arrastró las babuchas hasta el jardín y cavó un agujero para enterrarlas.

–¡Que Dios se vengue cumplidamente de vosotras, monstruos despiadados!– les decía entre sollozos–. ¡Nunca más volveréis a perjudicarme!

Al oír los gritos de Abu Kásim, los vecinos se asomaron a las ventanas y descubrieron al boticario cavando una fosa en su jardín. Como ya era de noche, pensaron: «Ese viejo avaro ya no sabe dónde esconder su dinero. Seguro que se le han acabado las tablas del suelo y ahora ha decidido enterrar sus monedas en el jardín, pues de lo contrario no se pondría a ca­var a estas horas».

Cuando Abu Kásim despertó a la mañana siguiente y se asomó por la ventana de su dormitorio, se encontró en su jar­dín con una muchedumbre provista de picos y palas. Eran personas de todas las edades, razas y calañas, que estaban cavando con furia en su jardín en busca del tesoro escondido y habían arrasado con todas las plantas medicinales de Abu Ká­sim. Niños de corta edad zarandeaban montones de tierra en cedazos de metal, y zahoríes con ramitas curvas en la mano iban y venían por los surcos de su melonar.

––¡Buscad, buscad! –les decía un padre de familia a hijos–. ¡Seguro que el dinero no debe estar muy abajo! –¡Escuchadme, por favor! –gritó Abu Kásim desde la ventana–. ¡No vais a encontrar dinero en el jardín! ¡Lo único que he enterrado son mis babuchas!

Pero nadie le hizo caso. Por eso el boticario tuvo que bajar al jardín y desenterrar las babuchas.

–¿Veis como no os engañaba? –dijo.

–Muy bien –respondió un hombre alto y fuerte como un elefante–. Pero, ¿no creerás que vamos a irnos de aquí con las manos vacías? Tendrás que pagarnos una moneda de oro a cada uno por las molestias que nos has causado.

Abu Kásim comprendió que debía pagar si no quería ser linchado por aquella multitud, así que tuvo que desprenderse de ciento cincuenta y cuatro monedas de oro para perder de vista a los hombres, las mujeres y los niños que habían inva­dido su jardín.

«¡No puedo más!», lloriqueó el boticario. «¡He de librarme de estas malditas babuchas como sea, o acabarán por arruinarme la vida!». De modo que se alejó de El Cairo en busca de un lugar donde hacerlas desaparecer. Después de caminar mu­chas leguas, encontró una presa que le pareció apropiada pa­ra arrojar sus malhadadas babuchas.

–¡Hasta nunca! –gritó mientras las lanzaba al agua con verdadera rabia.

Pero, por desgracia, al otro lado de la presa había un molino. Cuando las compuertas de la presa se abrieron, las viejas babuchas se acercaron a la rueda del molino y quedaron en­ganchadas en ella. Como aquellos dos armatostes tenían el grosor del cráneo de un hipopótamo, acabaron por destrozar el engranaje del molino, que se paró de golpe. Cuando el moli­nero examinó la maquinaria para averiguar el origen de la avería, descubrió las infaustas babuchas de Abu Kásim.

–¿Así que todo es culpa de ese boticario de tres al cuarto? –se dijo, comprendiendo lo que había sucedido.

Todo el mundo sabe que los molineros no se andan con chiquitas. Son gente de hombros anchos y con el cuerpo más re­cio que el de una ballena, ya que se han pasado la vida levan­tando sacos de trigo. Cuando el molinero encontró a Abu Ká­sim a la orilla de la presa, lo levantó en vilo como si fuera mi monigote y lo arrojó sin piedad al agua.

Por fortuna, los alguaciles llegaron antes de que Abu Ká­sim pereciera ahogado, pero lo obligaron a pagar los daños causados en el molino.

–Y eso no es todo –dijo el capitán de los alguaciles–, porque, si no me entregas ahora mismo treinta dinares, te de­nunciaré ante el cadí y acabarás tus días en la cárcel.

De modo que Abu Kásim tuvo que deshacerse de las últimas monedas que le quedaban.

–¡Y llévate contigo tus babuchas! –dijo el molinero.

Abu Kásim miró aquellos dos trastos y dijo entre sollozos: 

–Desventuradas, malditas, eternas babuchas, causantes de todas mis desgracias, ¿vais a seguir llevándome a patadas has­ta la tumba?

Decidido a librarse de una vez por todas de su calzado, Abu Kásim se presentó aquella misma tarde ante el cadí y, agitando las dos babuchas sobre su cabeza, exclamó entre lágri­mas pero con voz firme:

–Delante de testigos anuncio, y quiero que la noticia se sepa por todas las regiones del Nilo, que acuso a mis babu­chas de maldad y premeditación y declaró solemnemente que las repudio. De hoy en adelante no tendré trato alguno con ningún tipo de calzado, sea el que sea. Abu Kásim ya no es propietario de ninguna babucha. Éstas dos me han dejado sin dinero, pero ¿qué más da? ¡Ahora solo quiero perderlas de vista! Por eso ruego a su señoría que en adelante no considere a Abu Kásim responsable de las fechorías que pueda come­ter cualquier tipo de calzado.

Acto seguido, Abu Kásim dejó caer las babuchas delante del cadí y se marchó corriendo, descalzo, maldiciendo a toda la tribu de los zapatos, así como a la familia de los borceguíes, las abarcas, las alpargatas, las zapatillas y las almadreñas, mientras, en la sala del tribunal, el cadí se reía tanto y con tanta fuerza que acabó por caerse del estrado.

FIN





22 de octubre de 2017

PLINIO EL JOVEN, CARTA DE LOS FANTASMAS


PLINIO EL JOVEN
Caius Plinius Caecilius Secundus, más conocido como Plinio el Joven (c. 62-113) nació en Como y fue un abogado, escritor y científico de la antigua Roma.

Fue sobrino e hijo adoptivo de Plinio el Viejo, el célebre erudito, naturalista y escritor autor de la Historia Natural. 

Fue amigo del historiador Tácito y alumno del retórico romano Quintiliano y mantuvo correspondencia con el emperador Trajano.


Plinio el Joven alcanzó la fama que era una de sus grandes aspiraciones, gracias a sus Cartas Epístolas.


Su epistolario es uno de los más destacados de toda la literatura latina.



PLINIO Y LOS FANTASMAS
Sin duda, la más interesante es la descripción sobre la aparición fantasmal en la llamada casa encantada de Atenas, recogida en la carta nº 27 del libro VII de sus Epístolas.

La carta está dirigida a Lucio Licinio Sura, amigo personal del emperador Trajano, cónsul tres veces y originario de Tarraco (Tarragona), dicho documento narra una serie de extraños sucesos de apariciones de espectros.

Está considerada como como uno de los primeros testimonios escritos sobre la existencia de fantasmas de la historia  de la Literatura.

En esta carta Plinio el Joven nos da el preciso y aterrador relato de un supuesto suceso paranormal acaecido en una casa de la ciudad de Atenas, asediada por una presencia fantasmagórica.

El filósofo estoico Atenodoro Cananita, también llamado Atenodoro de Tarso, alquila en Atenas, por un módico precio, una casa encantada con fantasma y consigue finalmente que el espectro repose en paz.


PLINIO Y LA NOVELA GÓTICA
En esta carta de Plinio el Joven, el relato del espectro de la casa encantada de Atenas es uno de los precursores del género literario conocido como novela gótica que apareció en Inglaterra a finales del XVIII.

El relato de Plinio sobre Atenodoro y el fantasma que arrastra cadenas y grilletes cumple todos los requisitos de ese tipo de historias:

Gran mansión amplia, deshabitada y abandonada
Aparición de un espectro de aspecto terrorífico
Ruidos misteriosos y sonidos de cadenas y grilletes
Ambiente nocturno
Soledad del protagonista
Paseo por la casa de noche y a la luz del candil




EPÍSTOLAS DE PLINIO EL JOVEN
CARTA 27, LIBRO VII
CARTA SOBRE LOS FANTASMAS

Gayo Plinio saluda a su amigo Sura

La falta de ocupaciones me brinda a mí la oportunidad de aprender y a ti la de enseñarme. De esta forma, me gustaría muchísimo saber si crees que los fantasmas existen y tienen forma propia, así como algún tipo de voluntad, o, al contrario, si son sombras vacías e irreales que toman forma por efecto de nuestro propio miedo.

A que crea que existen los fantasmas me mueve sobre todo esto que he oído que le ocurrió a Curcio Rufo. Todavía joven y desconocido había formado parte del séquito del nuevo gobernador de la provincia de África. Al declinar el día paseaba por el pórtico: le sale al paso la figura humana de una mujer muy alta y hermosa. Ante su estupor ella le dijo que era África, mensajera de las cosas futuras. Le dijo también que él iría a Roma, que llevaría a cabo su carrera política y que volvería a esta misma provincia con el poder supremo, donde finalmente moriría. Todas estas cosas se cumplieron. Pasado el tiempo, cuando llegaba a Cartago y salía de la nave se cuenta que se le apareció la misma figura en la playa. Como él mismo había sido presa de la enfermedad, tras augurar la adversidad que le esperaba en relación con las cosas buenas ya cumplidas, abandonó su esperanza de curación a pesar de que ninguno de los suyos la había perdido.

¿Pero no es acaso más terrorífico y no menos admirable lo que voy a exponer ahora, tal como me lo contaron? Había en Atenas una casa espaciosa y profunda, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; llevaba grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía. A consecuencia de esto, los que habitaban la casa pasaban en vela tristes y terribles noches a causa del temor; la enfermedad sobrevenía al insomnio y, al aumentar el miedo, la muerte, pues, aun en el espacio que separaba una noche de otra, si bien la imagen había desaparecido, quedaba su memoria impresa en los ojos, de manera que el temor se prolongaba aún más allá de sus propias causas. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, abandonada completamente a merced de aquel monstruo; aún así estaba puesta a la venta, por si alguien, no enterado de tamaña calamidad, quisiera comprarla o tomarla en alquiler.

Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y una vez enterado del precio, como su baratura era sospechosa, le dan razón de todo lo que pregunta, y esto, lejos de disuadirle, le anima aún más a alquilar la casa. Una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que su mente, desocupada, no se imaginara ruidos supuestos ni miedos sin fundamento. Al principio, como en cualquier parte, tan sólo se percibe el silencio de la noche, pero después la sacudida de un hierro y el movimiento de unas cadenas: el filósofo no levanta los ojos, ni tampoco deja su estilo, sino que pone resueltamente su voluntad por delante de sus oídos. Después se incrementa el ruido, se va acercando y ya se percibe en la puerta, ya dentro de la habitación. Vuelve la vista y reconoce al espectro que le habían descrito. Este estaba allí de pie y hacía con el dedo una señal como llamándolo. El filósofo, por su parte, le indica con su mano que espere un poco, y de nuevo se pone a trabajar con sus tablillas y estilo, pero el espectro hacía sonar las cadenas para atraer su atención. Este vuelve de nuevo la cabeza y le ve haciendo la misma seña que antes, así que ya sin hacerle esperar más coge el candil y le sigue. Iba el espectro con paso lento, como si le pesaran mucho las cadenas; después bajó al patio de la casa y, de repente, tras desvanecerse, abandona a su acompañante. El filósofo recoge hojas y hierbas y las coloca en el lugar donde ha sido abandonado, a manera de señal. Al día siguiente acude a los magistrados y les aconseja que ordenen cavar en aquel sitio. Se encuentran huesos insertos en cadenas y enredados, que el cuerpo, putrefacto por efecto del tiempo y de la tierra, había dejado desnudos y descarnados junto a sus grilletes. Reunidos los huesos se entierran a costa del erario público. Después de esto la casa quedó al fin liberada del fantasma, una vez fueron enterrados sus restos convenientemente.

Doy crédito ciertamente a quienes me han confirmado estos hechos; yo mismo puedo confirmar otro suceso a los demás. Tengo un liberto no ajeno al cultivo de las letras. Con él descansaba su hermano menor en el mismo lecho. A este le pareció ver a alguien sentado en la cama, moviendo unas tijeras sobre su propia cabeza, y que incluso le cortaba algunos cabellos de la coronilla. Cuando amaneció, él mismo tenía una tonsura en su coronilla y se encontraron sus cabellos cortados en el suelo. Poco tiempo después, de nuevo un hecho similar al anterior confirmó lo que había ocurrido. Uno de mis pequeños esclavos dormía entre otros muchos niños en la escuela. Llegaron a través de las ventanas (así nos lo cuenta) dos figuras vestidas con túnicas blancas, cortaron el pelo al muchacho acostado y se retiraron por donde habían llegado. La luz del día muestra también a este niño con la tonsura y los cabellos esparcidos en derredor. Nada memorable pasó después, a no ser acaso que no llegué a ser reo, si bien lo hubiera sido en caso de que Domiciano, bajo cuyo poder estas cosas ocurrieron, hubiera vivido más tiempo. En efecto, en su caja de documentos, se encontró un escrito entregado por Caro que estaba referido a mí. De esto puede deducirse que, como es costumbre para los presos dejar crecer el pelo, los cabellos cortados de mis esclavos fueron señal de que el peligro que me acechaba había sido abortado.

Por tanto, te ruego que hagas uso de tu erudición. Es asunto digno para que lo consideres largo y tendido, y yo no soy ciertamente indigno de que me hagas partícipe de tu saber. Aunque sopeses los pros y los contras de las dos opiniones (como sueles), inclínate más por uno de los dos lados, para no dejarme suspenso en la incertidumbre, dado que la razón de consultarte fue la de dejar de dudar. Saludos.
                           Traducción de F. García Jurado 

Atenodoro se enfrenta al espectro






21 de octubre de 2017

W. RUSSELL FLINT, LA ODISEA DE HOMERO


LA ODISEA
La Odisea es un poema épico griego compuesto por unos 12.000 versos divididos en 24 cantos, atribuido al poeta griego Homero. 

Se cree que fue compuesta en el siglo VIII a. C.

El poema es, junto a la Ilíada, uno de los primeros textos de la épica grecolatina y por tanto de la literatura occidental. 

Se cree que el poema original fue transmitido por vía oral durante siglos por aedos que recitaban el poema de memoria, alterándolo consciente o inconscientemente. 

Es uno de los antecedentes de la literatura de viajes.
Ante el desafío de Ulises a los dioses, Poseidón lo condena a viajar por los mares. 
Al acabar la epopeya Poseidón le recuerda a Ulises que inteligencia no es lo mismo que sabiduría. 

La Odisea es el relato de un viaje iniciático y simboliza el retorno al hogar.


ARGUMENTO DE LA ODISEA

Narra el regreso de Odiseo, el héroe griego, también llamado Ulises, de la guerra de Troya.

Ulises, rey de Ítaca, desea volver a su patria donde ha dejado a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco.

En Ítaca, la esposa de Ulises es asediada por pretendientes que quieren casarse con ella ahora que su esposo no está. 
La diosa Atenea, quien ha sido siempre una amiga de Ulises, guía a su hijo, Telémaco a que vaya en busca de información sobre su padre.


La epopeya abarca sus diez años de viajes, y los diversos peligros con los que se debió enfrentar hasta la llegada de Ulises a su isla natal, Ítaca. 

Allí Ulises prueba la lealtad de sus sirvientes, se venga de los pretendientes de su esposa Penélope, y logra volver a reunirse con su familia y recuperar su reino.



W. RUSSELL FLINT

Sir William Russell Flint fue un artista escocés e ilustrador que era conocido sobre todo por sus pinturas de acuarela de tema femenino.

También trabajó en óleo, tempera y grabado.

Se le considera uno de los grandes acuarelistas de la primera mitad del siglo XX.
W. Russell Flint hizo unas famosas ilustraciones para la Odisea de Homero.


























¿QUÉ ES UN VIAJE INICIÁTICO?
Un viaje iniciático es una experiencia en la que un individuo se encuentra en situaciones hostiles o adversas que harán que su personalidad cambie, después de que toma conciencia de sí mismo, de la realidad externa o de poseer una misión en la vida, y ve modificado su carácter, espíritu o experiencia para conseguir una mejora en su persona, después de lograr superar una serie de situaciones difíciles. 
Este tipo de experiencias es muy común en relatos y películas populares en las que vemos envuelto al protagonista en diversas peripecias, que, una vez superadas, harán que el personaje haya logrado concluir su misión.



EL VIAJE INICIÁTICO EN LA LITERATURA UNIVERSAL

La literatura universal posee numerosos ejemplos, dado lo fácil que es narrar el propósito del viaje iniciático: cambiar la perspectiva vital del protagonista. 
Este cambio no solo afecta al modo de ver los acontecimientos exteriores sino que también cambia al protagonista. 
La Odisea de Homero puede ser considerada como el primer viaje iniciático de la historia. 
Sin duda el ejemplo español más conocido es El Quijote de Cervantes. 
Además de otras como El hobbit de J.R.R. Tolkien.
Dentro de la ciencia ficción y la fantasía hay una gran cantidad de ejemplos interesantes como Dune de Frank Herbert o la más reciente Hyperion de Dan Simmons son sólo unas pocas obras organizadas como un viaje iniciático.

Tanto la novela como la película 2001, Una odisea del espacio de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick respectivamente, tienen un final curioso. 

El protagonista sufre un viaje iniciático tan intenso que al final del mismo trasciende de su humanidad para convertirse en un igual a los Grandes Galácticos que insuflaron la inteligencia en la especie humana.